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viernes, 19 de julio de 2019

 13. La cara y la cruz




Hoy hace bastante más frío que ayer. Sentado junto a un escaparate, mantengo la vista fija en la puerta del centro comercial que hay frente a mi, en la otra acera de la calle. 

  Los martes y los jueves, al salir de terapia, suelo sentarme aquí, me fumo unos pitis y observo, como si de un acosador se tratara, a la gente que entra y sale del Zara de Gran Vía. Hoy es viernes, pero... a veces improviso; llamadme loco. Algunos días tengo suerte y llego a ver a Aroa, cruzando la tienda con ropa para ordenar, o hablando con clientes, o haciendo lo que sea que hagan los dependientes de una tienda. Pero eso sí, con su toque personal. Porque, no sé si os lo había comentado, pero mi hermana es la mejor del mundo haciendo cualquier cosa; lo que sea. Ha trabajado como camarera, cuidadora, teleoperadora, enfermera, comercial, dependienta... y siempre ha conseguido enamorar tanto a clientes como a jefes. Está feo que yo lo diga, pero es absolutamente adorable. Además, es superdotada, o eso han dicho siempre mis padres, y por mucho que pueda diferir con ellos, he de decir que en esto, estoy totalmente de acuerdo. Estudió dos carreras a la vez, y, como le debía sobrar tiempo, escribió tres libros en los años que estuvo estudiando. ¿Quién escribe tres libros sin ser escritor? Yo creo que en ese tiempo ni me he leído tres libros. Si, efectivamente. No me he leído ninguno de sus libros. Lo sé, soy lo peor.

  A estas alturas, seguramente os estaréis preguntando como es posible que tanto mi hermana como yo, de familia bien, con estudios superiores y con acceso a recursos por los que muchos soñarían, no tengamos un trabajo envidiable. Sé que puede resultar muy raro que mi hermana no tenga un puesto de responsabilidad en cualquier hospital; o que yo haya trabajado como camarero, repartidor y mozo de aeropuerto, habiendo estudiado administración y dirección de empresas. Y es que, por mucho que nuestros padres se empeñaran en que nos convirtiéramos en clichés de lo que una persona adinerada debe ser, ahí estaba nuestro abuelo para ponernos los pies en la tierra. 

      "No os debe importar lo que la gente piense acerca de que os hayan puesto las cosas mucho más fáciles que a los demás; os debe importar a vosotros. Podéis seguir el camino que se os presupone, o escribir vuestra propia historia. En cualquier caso, vivid; disfrutad, sufrid, llorad y reíd, pero siempre vivid; os equivocaréis una y otra vez; también acertaréis; y no os durmáis tras una batalla ganada, porque la guerra siempre será larga. Aunque si os dormís, si volvéis a fracasar, tampoco importa demasiado, porque al fin y al cabo, el triunfo no es tanto la consecución, como el camino que lleva al mismo." 

  Este discurso, que perfectamente os podéis imaginar con la voz de Morgan Freeman, fue el regalo que nos hizo mi abuelo a Aroa y a mí el día de nuestra graduación. Ambos teníamos clarísimo que éramos mucho más afortunados que la mayoría de la humanidad, pero no por una cuestión de dinero, recursos o contactos; habíamos crecido junto al mejor maestro, amigo y abuelo que puede existir. Sus mensajes fueron calando en nuestro inconsciente desde pequeños, y contribuyeron, en gran medida, a que nos hiciéramos las personas que somos hoy día. Y en eso hemos andado, en vivir mucho, en acertar y en equivocarnos; mi hermana en acertar, y yo en equivocarme.

¡Clink...clink...clink!

  El sonido de una moneda cayendo junto a mis pies me saca de mis pensamientos. Levanto la mirada instintivamente y, allí está la señora, otra vez; una mujer regordeta, de mediana edad, con un vestido que parece sacado de una película de los años setenta. Junto a ella corretean dos pequeños chihuahuas. Además de la moneda, me obsequia una sonrisa apretada, mientras continúa su paseo, escoltada por las dos fieras. No sé cuantas veces he vivido ya esta escena. Hago el ademán de levantarme para devolverle la moneda, pero caigo en que quizás ella prefiera pensar que me está ayudando. Día tras día me suelta una moneda de 5 pesetas de las antiguas, con águila y efigie de dictador incluídos. Una frase bordea la moneda. "Francisco Franco caudillo de España por la g. de Dios". Claro, por la g. de dios; supongo que la sublevación y el golpe de estado poco tuvieron que ver en el tema del caudillaje. 

  Acomodo la moneda entre mi pulgar y mi dedo índice en posición de lanzado. Cruz: me voy a casa; cara: voy al Corte Inglés a dejar curriculums; canto: entro a darle un abrazo a mi hermana y a decirle que la quiero muchísimo, y que no hay un día que pase sin sentir lo que pasó, y que gustosamente daría mi vida porque el abuelo no hubiera muerto aquel día, y porque ella no hubiera quedado desfigurada, todo por mi puta culpa. Lanzo la moneda y... no cae. Miro hacia arriba, miro hacia todos lados. Pero que coj... Me incorporo de un salto con la sensación de estar siendo víctima de una cámara oculta. De pie, en jarras intento asimilar lo que acaba de ocurrir, y en ese momento lo veo; sobresaliendo entre el mar de cabezas que fluye por la acera, emerge la cara de Tocho. ¿En serio? ‘Amos no jodas’, ¡Madrid es un pañuelo! ¡Oh, se va a cagar! Voy ahuecando la mano mientras le acecho entre la multitud. Tocho está preocupado en esquivar a la gente y no arrasarlos en el intento, y no parece haberme visto. Su metro noventa, su pelo rapado y sus ojos grises podrían llevar a confusión. Aunque parezca sacado de una película de neonazis, y a pesar de que en su familia hay auténticos franquistas, de los que se enriquecieron en los años cincuenta por la G. de dios, Alberto es un rebelde; y su camiseta del Ché Guevara diciendo la frase “podrán cortar todas las flores, pero nunca acabarán con la primavera”, es buena prueba de ello. Me dirijo hacia él con la idea de darle un collejón mítico, de los que habitualmente nos propinamos cuando uno ve al otro sin que éste se percate; y de paso, para recordarle que la frase de la primavera no es del Ché, sino de Neruda. Sé que me despeinará del eructo, pero merecerá la pena; me encanta polemizar con él. Ven con papá, tengo algo para tí. Parece que media ciudad se ha puesto de acuerdo para cruzar el paso de peatones por el que sigo a Tocho.

- Perdón, ejjjquiusmi, sorry, que te den -va diciendo Tocho mientras avanza por el paso de peatones, evitando la marabunta de personas con la que se cruza.

Mi menor masa y tamaño me lastran en este baño de multitudes y empiezo a perderlo. Cuando estoy alcanzando la otra acera veo como Tocho enfila la calle que discurre al lado del Zara. Espera, ¿dónde va? Unos metros más adelante, por la puerta de personal del Zara aparece una figura delgada que me es terriblemente familiar. 
Si no fuera porque no tiene la cara quemada y porque no tiene la peluca que usa cuando trabaja, juraría que es mi hermana. Me quedo paralizado. No puede ser. Pero; es ella. La cara de Aroa brilla en cuanto ve a Tocho. Una sonrisa de pura felicidad le cruza la cara mientras se lanza a los brazos de él. Entonces se besan como en las películas. La única diferencia es que en las películas a uno se le cae una lagrimilla de la emoción, o piensa “Qué tio más grande, al final consiguió a la chica”. Pero cuando ves a tu hermana y a tu mejor amigo dándose el lote solo puedes pensar: “¡Ajj!”.

La situación es bastante más surrealista de lo que puede parecer. Mi hermana tiene el sesenta por ciento de la cara quemada, y no tiene pelo. Y ahí está ella, con su melena morena, tan preciosa como siempre había sido, hasta que le arruiné la vida. 
 La gente me envuelve como un tsunami y dejo de ver a la pareja de enamorados. Cuando la marea humana se retira, vuelvo a ver a Aroa. Pero ahora está sola, sentada junto a la puerta por la que la vi salir. Las lágrimas le cruzan la cara, que, ahora si, muestra las marcas que el fuego le dejó. Y llora, desconsolada, sujetando una camiseta entre sus manos. Yo la miro, inmóvil, sin entender nada. Una moneda cae a mis pies. La efigie de Franco me mira, burlona, desde la calzada; porque, en efecto, nunca había llegado a cruzar del todo. En ese momento oigo el sonido ensordecedor de un claxon, seguido de un escalofriante frenazo. Me vuelvo hacia mi derecha y veo un autobús a escasos cincuenta centímetros de mí. El conductor me mira con la cara desencajada. Alcanzo a ver como hay gente esparcida por el suelo del autobús. Miro a mi alrededor; el tiempo parece detenido, mientras toda la calle está observando la escena. 

-¿Mario?

Sin volverme hacia esa voz que tanto me duele, salgo a correr calle abajo como un loco. No puedo, hermanita; no puedo. Perdóname.

martes, 2 de mayo de 2017


  "A veces salía a andar por la ciudad; no porque me apeteciera pasear, ni porque quisiera despejarme; no porque las paredes de casa se me echaran encima o sintiera la necesidad de respirar un aire menos enrarecido que el que allí flota. Salía porque estadísticamente hay muchas más posibilidades de que nos pase algo, sea bueno o malo, estando en la calle que estando en nuestro sofá. La mayoría de las veces volvía a casa sin que pasara nada más que el tiempo, cosa que, dada mi circunstancia, no me venía nada mal. 

   Pero una vez si que pasó algo importante. Puede parecer absurdo, pero no consigo recordar qué fue. Es como cuando uno mira un agujero negro. Realmente no lo vemos en sí, sino que observamos el vacío de luz que genera. Esto es algo parecido; veo el hueco que ha dejado en mi memoria, y su tamaño me sobrecoge. 


   Hoy día sigo saliendo a andar por la ciudad; no porque me apetezca pasear o despejarme; no porque las paredes de casa se me echen encima o necesite respirar un aire menos enrarecido que el que allí flota. Ni siquiera salgo ya esperando un acontecimiento extraordinario. Solo quiero ver algo que me ayude a recordar lo que me pasó, y lo que es más importante, entender por qué lo enterré en lo más profundo de mi memoria."





sábado, 1 de octubre de 2016

12. Jaque a la justicia

 

      — Alfil a d5. ¡Jaque! – proclama con cierta severidad.

Miro a mi abuelo con gesto malicioso. Acaba de caer en mi trampa. ¡Mu ha ha ha! Al cubrir mi rey con el alfil, descubro un jaque sobre su rey. Su única salida será escaparse a g1 con lo cuaaaaal… me voy a zampar ese alfil tan apetitoso. Le acabo de hacer la temible maniobra envolvente de Marioff.


      — ¡Huy! Qué tonto estoy últimamente. – dice mesándose la barba.


  Acaricio el tablero de madera. El viento silva entre las ramas de los árboles del jardín botánico. No es el único sitio en el que jugaba al ajedrez con mi abuelo, pero sin duda era mi favorito. Será por eso que cuando sueño con él, casi siempre estamos aquí, sentados a horcajadas en un banco, muy cerca de un gran olmo. Esta vez es otoño, y los árboles caducos ofrecen un colorido en tonos ocre y magenta increíble. El contraste con los verdes de las coníferas y los marrones de la alfombra de hojas que cubre el suelo le da al conjunto un aspecto mágico.


  El viento trae una melodía lejana. Apenas se escucha, pero creo que es “To build a home” de la Cinematic Orchestra. Parece ser que ahora también mis sueños vienen con banda sonora. Por mi estupendo. Cierro los ojos y aspiro profundamente. La música aumenta ligeramente de volumen. “out in the garden where we planted the seeds there is a tree as old as me…” Miro al olmo que hay a nuestra derecha. Su tronco se bifurca a unos 2 metros de altura, y las dos partes resultantes se elevan en ángulo agudo al principio, para luego discurrir casi paralelas.


      — Siempre te fascinó el viejo pantalones, ¿verdad, chico? – dice mi abuelo sin levantar la vista del tablero.

      — Es que es genial. Desde luego hace justicia a su nombre.

Efectivamente, el tronco del olmo se asemeja mucho a unos pantalones invertidos.


      — Justicia – dice mi abuelo sonriendo, mientras hace girar su rey entre los dedos corazón y pulgar. – Sabes quién fue el rey Salomón, ¿verdad?

      — Pues claro; – respondo – un rey Judío, muy justo…y muy sabio.
      — Eso nos han dicho siempre, desde luego. – Con parsimonia desliza la pieza hasta la casilla g1. – Pero, ¿podríamos afirmarlo categóricamente? ¿Fue Salomón un hombre justo?
      — No sé, es historia. Es lo que ha trascendido hasta nosotros. – sin pensármelo dos veces muevo mi alfil a d5 y capturo su alfil. – lo miro levantando las cejas repetidamente en un gesto de burla.
      — Bueno, realmente han trascendido más cosas hasta nosotros. El problema es que muchas veces solo vemos lo que nos resulta más fácil ver. ¿Sabías que Salomón ordenó matar a su hermanastro Adonías solo porque sospechaba que quería arrebatarle el trono?

  ¿En serio? ¡Menudo madafaca! Niego con

la cabeza. Incluso en sueños me apasionan estas conversaciones.

      — A veces las cosas no son lo que parecen, chico.


Al terminar la frase me mira con ternura. Coge un caballo que llevaba inactivo media partida y lo mueve a una casilla  que antes dominaba mi alfil. Entonces lo veo claro. Nunca se trató de mi temible 'maniobra envolvente', sino de su clásica ‘tres catorce’. No tengo opción. Mueva lo que mueva, ganará la partida en 2 movimientos. Le miro con cierto reproche. Él levanta las cejas repetidas veces.


      — ¡Mierda! ¡No te gano ni soñando! ¡No es justo! – me quejo. Mi abuelo me pasa una mano por el pelo y me lo agita, como solía hacer desde que tengo recuerdo de él.


      — Siempre te ha importado mucho la justicia. Desde pequeño.

      — Bueno, supongo. – replico – En parte es culpa tuya. Siempre me decías que el mundo era perfectamente injusto. Que no perdiera el tiempo en juzgar a nadie, porque todos tenemos motivaciones que van más allá de nuestra conciencia. ¡No puedes decirle eso a un niño como era yo sin esperar que me rebele!
      — ¡El pequeño paladín defensor del desamparado! ¡Jajaja! No eras más que un renacuajo y ya te andabas metiendo en lides que ni te iban ni te venían. ¡Más de un sopapo te llevaste!– Mi abuelo ríe
con fuerza mientras se lleva la mano a la barriga. Un atronador ataque de tos interrumpe la carcajada, dejando apenas una sonrisa débil en su boca. Vuelvo a ver en él esa mirada perdida que tenía los últimos años de su vida. La mirada de quien posee un vasto conocimiento almacenado en cajones, perfectamente ordenados y etiquetados, pero que no consigue recordar donde dejó la llave que los abría.

      — Abuelo. – digo – Lo siento mucho.  Fue todo por mi culpa. No es justo que yo…

      — ¡Ya basta! – La expresión de su rostro pasa de la desorientación a
 la severidad con un parpadeo. – A veces creemos que estamos siendo justos, cuando en realidad nos estamos engañando a nosotros mismos. ¿Por qué lo haces, Mario? ¿Por qué te engañas?

Los violines y el piano del hilo musical ganan intensidad. “And now It´s time…”


      — No te entiendo, abuelo – replico extrañado. “…to leave…”

      — ¿Cuándo empezaste a fumar, chico?

 Una fuerte ráfaga de viento tira varias piezas del tablero. Mi abuelo empieza a disiparse con las hojas que vuelan entre nosotros. “…and turn to dust”.

Un flash de recuerdos acude a mi mente como diapositivas que pasan a una velocidad endiablada. Veo escenas del cumpleaños de mi hermana: yo bebiendo con Tocho; bebiendo con Alex; bebiendo con Aroa; yo muy borracho yendo a por el coche; Aroa quitándome las llaves; los dos andando hacia la casa del abuelo; yo fumando en la cama; yo dormido… el fuego; la puerta atrancada de la habitación de mi abuelo; los gritos de Aroa; yo cargando a mi hermana hasta el portal; yo apagando las llamas que la envolvían; yo intentando volver a subir a por mi abuelo… oscuridad.

  El cosquilleo que me ocasionan las lágrimas al caer lentamente por el lateral de mi cara me despierta. Lloro en silencio, como tantas otras veces. Un puñal me atraviesa el pecho, pero ya no es un dolor punzante. Es un dolor mantenido y agudo, mi fiel compañero nocturno. Intento recordar algo que me dijo mi abuelo en el sueño, pero no consigo hacerlo. Ahora me concentro en el pensamiento circular que se retroalimenta y me quema el alma.


¿Por qué no cogí el coche y me maté yo solo?

martes, 20 de septiembre de 2016

11. Diosas, tumbas y sabios

 Resultado de imagen de calle principe de vergara de noche



  Los jueves por la noche siempre juego a las cartas con mis amigos en el bar del Serafín, el padre de Sara. Es una costumbre innegociable desde hace quince años; el que falta está obligado a pagar una ronda. Miro a mi alrededor. Sara se muerde las uñas. Lleva ‘trio’ mínimo. Álex ha dejado de mascar el chicle que aún lleva en la boca, lo cual indica un ‘full’ o ‘escalera’. El pirata tiene hinchadas las aletas de la nariz y se rasca nerviosamente el lóbulo de la oreja izquierda, lo cual puede significar... cualquier cosa; no hay forma humana de saber lo que lleva. Esta mano puede ser mítica. Hay dos sillas vacías: la de mi derecha es la de Tocho. Lleva sin venir dos semanas consecutivas. Espero que tenga una buena excusa, porque si no, la ronda a la que se va a invitar va a ser de Vega Sicilia Único del 94. Miro a la silla de mi izquierda. Esta lleva un año vacía. Sigo notando el pellizco en el estómago. Como adivinando mis pensamientos, Sara se arma de valor y hace la fatídica pregunta.
      -   Oye… ¿cómo está tu herm… qué… qué tal le va a… Aroa?

      -   La pobre ya tiene los ojos medio llorosos. Sonrío intentando quitar hierro.
Dice mi madre que está bastante bien. Está trabajando en un Zara. No recuerdo cual me dijo. 
      -   Está que arde – dice el pirata.


Alex se atraganta con la cerveza que estaba bebiendo y comienza a toser compulsivamente. Sara abre mucho los ojos y mira al pirata.

      -  ¿Qué? – pregunta él. Nos mira sin entender la reacción.– La mano, que está que arde. – continúa – Alex va con color, tu llevas trío de reinas y Mario póquer de sietes. 
      -  ¿Queeeee? ¡Sí, claro! – disimula Sara.
      -  ¡Buah!¡Tú estás flipando, chaval! – dice Álex mientras nos mira con desconfianza. Echo un vistazo a las cartas que tengo en la mano. Por absurdo que parezca tengo cuatro sietes. Sonrío y pongo mi mejor cara de ‘ni de coña’. Es uno de esos momentos ‘pirata’ que ni entendemos ni jamás entenderemos. 

      -  Voy con siete chapas. – dice el pirata. 
      -  ¡Ah! Vamos a ver; crees que tenemos ese pedazo de cartas y vas con siete chapas, ¿no? – dice Álex. El pirata no cambia un ápice su expresión. 
      -  ¿Qué cartas? – le responde con, juraría, total sinceridad.

Nos miramos sin saber qué hacer.

      -  Paso. – dice Sara sacudiendo la cabeza. 
      -  Increíble. No voy. – masculla Álex.

Miro mis chapas. Me quedan solo cinco. Menudo madafaca.

      -  No llego. ¿Hay préstamo? – pregunto. 
      -  Me temo que el banco ha cerrado sus puertas, caballero. – dice Félix mientras recoge las chapas de la mesa. En ese momento dirige su atención a mi móvil. Lo coge y se lo pone en el oído.  ¿Si?  Eeeh, que pasa ‘brodel’. – Tapa el móvil con la mano y nos mira. – Es Salva, ahora vengo.

  Se levanta y sale por la puerta dejando tras de sí un silencio bastante incómodo. Sara se lleva las manos a la boca y el gesto se le tuerce en una mueca de pena muy suya. Automáticamente dos grandes lágrimas se le instalan en los ojos.

      -  ¡Ey! Saribiri… venga, no pasa nada. – le digo. 
      -  Ya… joder. – solloza – Es que no me acostumbro a estas cosas. Es muy fuerte. 
      -  Es súper fuerte, sí. – dice Alex mientras manosea las cartas que hay sobre la mesa. – ¿Cómo coño sabía las cartas que tenía? El muy cabrito… ¿que llevaría? Póquer de Reyes, o algo así. 

  Mientras divaga sus manos se acercan disimuladamente a las cartas que el pirata ha dejado. Cuando está apunto de cogerlas un maní aparece volando e impacta sobre las cartas a dos centímetros de la mano izquierda de Alex. Nos volvemos hacia la barra.

      -  ¡Eh, empanao! Las leyes del póker son sagradas en este local, ¿me explico? – dice ‘el serafín’ desde la barra. 
      -  ¡Papá! – protesta Sara, incómoda, mientras mira con el rabillo
del ojo a Alex. Acto seguido esconde la cara tras el pelo, como hace siempre que se ruboriza.

   Es curioso lo de la familia Herreros. El padre tiene nombre de ente angelical y físico de verdugo de la edad media; la madre, un prodigio mulato de la naturaleza caribeña, se llama Nieves. La hermana mayor, Inmaculada, es escort de lujo, mientras que la menor, Ginebra, es abstemia. En medio de este océano de ironía, Sara, cuyo nombre significa princesa, podría parecer ajena al gen del sarcasmo que porta su familia. Unos ojos azules enormes, acompañados de una sonrisa de diosa griega, sobre el fondo canela de su piel ‘made in Colombia, acompañado todo de un pelo cuyo color podría calificarse como ‘dorado estrella de cine’. Lo más curioso de todo es que ninguno de estos rasgos aparecería el primero de la lista si uno buscara una hipotética descripción de Sara en la enciclopedia.


Sara



Del hebreo ‘princesa’
        
                 1.    f. Humilde
                                                      2.    f. Sencilla.      
                                                      3.    f. De belleza absurda.


Por algún extraño motivo, parece desconocer que es guapa hasta decir basta. Esto, obviamente, no ocurre con el resto de la humanidad. Diría que un 99,9% de los tíos que conozco han estado enamorados de Sara en algún momento u otro de sus vidas. Yo, por supuesto, no soy la excepción; desde 5º hasta bien avanzado el instituto, bebí los vientos por ella. Pero entre su timidez y la mía, juntaronse el hambre con las ganas de comer. Y cuando ya tenía la autoestima y madurez suficiente para haberle dicho algo, me di cuenta de que se había convertido en mi mejor amiga, y que bajo ningún concepto iba a poner en peligro aquello por un ‘y si cae la breva’. Llamadme raro, pero creo que la amistad es uno de esos tesoros que están absolutamente infravalorados. Que por mucho que se nos llene la boca hablando de los amigos y la amistad, la realidad es que a la mínima de cambio, donde dijimos ‘digo’ no cabe duda de que dijimos ‘diego’. Además, estas amistades que mantienes a los treinta, son de las que tienen visos de durar sesenta años más.
Por otro lado, yo sabía que ella solo tenía ojos para uno. Y es aquí donde la ironía, emblema de la familia Herreros, se cebó con Sara. Se había ido a enamorar de ese 0,1% que no sentía atracción por ella.

      -  ¡Me meo como una persona mayor! – exclama Alex. – La putada es que el médico me ha prohibido que haga esfuerzos. No tendrás por casualidad una grúa hidráulica, ¿eh Mario? Mientras, se ha levantado y me señala con las dos manos poniendo su famosa cara de ‘te encantan mis chistes Y LO SABES’.

      -  ¡Oh! ¡Chistaco nuevo! – apunto – Pues mira, grúa no, pero tengo una lupa. El único esfuerzo que harás será el de encontrártela.

  Lo señalo yo también con las dos manos. Sara me mira a mí, luego a Alex y acto seguido sube los ojos en un gesto de paciencia, mientras suspira, conociendo perfectamente el desenlace de este ritual.

      -  ¡Madafacaaaaaa! – exclamamos a la vez mientras hacemos el signo de los cuernos con las dos manos.

  Sé que a ojos profanos podríamos parecer críos. Bueno, y a los no tan profanos. Pero nunca nos ha importado demasiado lo que piensen de nosotros. Alex se encamina hacia los aseos imitando el ‘paseo malvado’ de Tobey Maguire en Spiderman 3. Todo un abogado de Apple España, con su traje de dos mil euros, haciendo el gili en un bareto del barrio de salamanca. Si Steve Jobs levantara la cabeza.
Sara lo sigue con la mirada mientras apoya la cara en las manos.
Empiezo a canturrear la canción de Candy Candy.

      -  Búscame, sígueme, llámame Candy… 
      -  ¡Callate morritos! – me espeta. 
      -  Venga, rubia. Ya en serio. ¡Díselo de una vez! ¿No sería mejor que continuar viviendo en una canción de Pimpinela? 
      -  Si, mira. Este viernes que se va a llevar a su nueva novia a la quedada; ahí, delante de todos se lo digo. ¿Te parece? 
      -  Anda que no molaría. – Sara me mira apretando la mandíbula. – Es que mira que es ‘empanao’ de verdad. Creo que nunca ha sospechado nada. Lo que no puedo entender es por qué en todos estos años no sólo no se lo has dicho, sino que no me has dejado que se lo insinúe siquiera. Suerte tienes de que sea tan legal. 
      -  Míralo, Mario. No jugamos en la misma liga.

   Doy por hecho que se refiere al tema económico, porque físicamente ella no juega en ninguna división humana. Ciertamente Alex es un hombre proporcionado. Tiene esa sonrisa de capitán del equipo de futbol americano de las pelis, con hoyuelos incluidos, el pelo oscuro en media melena, concienzudamente despeinado y los abdominales rollo ‘this is sparta’. Podríais pensar a estas alturas que todo esto es un cliché tremendo: “chica guapa se enamora de chico guapo”. Lo curioso del asunto es que Sara lleva enamorada de Alex desde que ambos tenían quince años. Y os puedo asegurar que hasta los diecinueve que empezó a estirar en serio, Alex era el típico chico gordito con cara de empanadísimo.

      -  Te importa mucho más que a nosotros el rollo de la clase social, sarita. Además, tu padre tiene un garito en la calle Ayala. Manco tampoco andará. 

  Ella mira hacia la barra nerviosa. Su padre pasa una bayeta por la barra mientras mira hacia los baños con recelo.

      -  ¡Quiero que los dejes como te los encontraste, ‘empanao’! ¡Impolutos! ¡Como si me fuera a comer una de boquerones encima de la tapa del váter! ¿Me explico?

  Sara entierra la cara entre sus manos. De entre la profundidad de su vergüenza alcanzo a entender un “por qué yo”. Sonrío, le agito el pelo y salgo a la terraza del Bar.

La noche ha refrescado bastante, así que me ajusto la cremallera de la chaqueta por debajo de la barbilla. Mientras me enciendo un cigarro pienso en mi abuelo; en los gestos y costumbres que tenía en su día a día y en la impronta que muchos de ellos han causado en mí. Pienso en mis amigos y lo a gusto que estoy cuando quedo con ellos. Son como un oasis en el que puedo relajarme y ser la mejor versión de mí mismo.
Pienso en lo absurdo de la postura de Sara sobre las diferencias entre clases sociales. Quizá no soy el más indicado para entender cómo lo ve ella, pero creo que si te gusta alguien... te gusta. Punto. ¿Qué importa lo demás? Reflexiono de paso sobre la suerte que tuve de nacer en el seno de una familia bien acomodada. Mi abuela tenía tierras, un par de palacetes y tres títulos nobiliarios menores. No la llegué a conocer, pero según mi abuelo era tan maravillosa como para ocultar su alcurnia ante la multitud de pretendientes que su atractivo solía generar. “Tu abuela fue una Sara antes que tu Sara”, me dijo en alguna ocasión. Y ciertamente, por lo que vi en sus fotos, tenía una belleza sobria y atemporal. Se puede entender que mi abuelo, que por cultura, profesión y estampa podía aspirar a las mujeres más increíbles de su época, se quedara prendado de ella cuando la tuvo que atender de un desmayo que sufrió en plena Puerta del Sol. ¡Menuda forma de conocer a tu alma gemela! Mi abuelo tenía ese acuerdo con el destino; a cambio de ser una bellísima persona, la vida le iría poniendo en los lugares en los que debía estar, en el momento en el que tenía que estar.
Pienso ahora que nadie le habló de la letra pequeña de ese contrato.
Pienso que no merecía muchas de las cosas que le ocurrieron en la vida.
Pienso que no es justo que su mujer muriera con cuarenta y cinco años de una enfermedad que ni él mismo pudo diagnosticar.
Una gota de sudor frío me recorre la frente mientras noto como mi pulso comienza a acelerarse.
Pienso que si no me hubiera emborrachado cierto día, ahora mismo tendría la posibilidad de jugar una partida de ajedrez con él.

      -  Piensas demasiado.

  Me vuelvo, sobresaltado hacia una de las mesas que hay en la terraza. Allí, envuelto en la penumbra, está sentado Félix. Manosea mi móvil mientras mantiene la mirada perdida, arriba, en algún punto de las azoteas de los edificios de enfrente.

      -  Ei, pirata. No te había visto. ¿Llevas ahí todo el rato? 
      -  No. Sólo desde que salí.

  Intuyo un diálogo de besugos, así que apago el cigarro y me dispongo a volver al bar.

       -  ¿Alguna vez te has preguntado qué hay después de todo esto? –  me inquiere como el que hace la pregunta más nimia.
       -  ¿De todo? ¿A qué te refieres? ¿Después de las partidas? ¿Después de Madrid? ¿Después de los treinta?

  No responde. Sólo continúa mirando hacia las azoteas sin dejar el jugueteo nervioso que mantiene con el móvil. La situación me pilla desprevenido. Es la primera vez que Félix me hace una pregunta de este tipo. Me siento bastante incómodo, no porque crea que él no puede mantener una conversación de semejante calibre, sino porque me veo incapaz de responder nada que no suene frívolo, a una persona cuyo hermano murió en los años en los que debía estar comiéndose el mundo. De repente caigo en que yo también he perdido gente. Suspiro.

      -  No sé, tío. Claro que me lo he preguntado. Cientos de veces.

  Me siento en la silla contigua y acompaño su mirada con la mía. Antenas, tendederos y chimeneas se adivinan más que verse, en un irregular paisaje urbano. ¿Qué mejor escenario para una conversación trascendental?

      -  Yo quiero pensar que vamos a un sitio mejor. Porque peor… ya iba a ser complicado, ¿eh? – Silencio. – ¿Tú que crees?



  Félix deja el móvil en la mesa y entrelaza las manos detrás de su cabeza, improvisando un apoyo gracias al cual poder dirigir la mirada más arriba de las azoteas.


      -  No se ven las estrellas en la ciudad. Es decir, sabemos que están ahí, pero no las vemos.



  Tras unos segundos comprendo que la frase terminaba ahí. Y no me hace falta más. El interlineado es tan extenso como el interlocutor necesita. Y yo no suelo necesitar demasiado.


      -  ¿Has estado alguna vez muerto? – me suelta sin anestesia. 
      -  ¿Que si…? pero… ¿qué quieres decir? – intento buscarle sentido
al sinsentido. – ¿Cómo voy a haber estado muerto alguna vez? – me aguanto una risa o tal vez un suspiro, no sé muy bien. – ¡Pues claro que no, tio!
      -  Si no has estado muerto ninguna vez; si no sabes lo que es; ¿cómo sabes a ciencia cierta que ahora mismo no lo estás?

  Durante un momento sus palabras resuenan en mi cabeza. Me siento extraño, y lejos de intentar argumentar automáticamente en defensa de mi estatus como ser vivo, pienso acerca de las implicaciones de semejante ‘perla’. Entro en una especie de trance en el que soy consciente de cosas que normalmente mi cerebro desecha.
Dos perros ladran en la esquina de la calle.
Una sirena lejana se eleva sobre el sonido del tráfico.
Una cucaracha corretea entre las mesas.
Una tos seca surge de una ventana próxima.
Y por fin noto el latido de mi corazón, y mis pulmones llenándose de aire, y la sangre bañándome de vida. Y siento un extraño alivio. Miro a Félix y me da la sensación de que lleva un rato mirándome fijamente, con una sonrisa burlona en la cara.

      -  ¡Te has rayado mazo! – me dice con orgullo. 
 -  ¡Serás ca-pu-llo! – silabeo divertido. Me encantan estos momentos de conexión con el pirata. Ese que sigue ahí, como las estrellas, aunque a veces no lo veamos. – Anda, vamos para adentro que tienes que terminar de desplumarnos.

      -  De mil amores. Oye, por cierto. Lo de la llamada… no creerías que realmente estaba hablando con Salva, ¿verdad? – me dice mientras me devuelve el móvil.
      -  Bueno, por un momento me has hecho dudar. Pero… yo sabía en el fondo que no. – le confieso con una sonrisa nerviosa. 
      -  Como iba a ser Salva. Él no me llamaría a tu teléfono. La llamada era de tu abuelo, Mario. Me dijo que te dijera que te toca mover.

¡Zas… en toda la boca!